Senderismo con: Sergio Morales ( Lobo )
  La maldición de Tutankamón. ¿Realidad o leyenda? – 2ª Parte -
 

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Una maldición sin malditos

Segunda parte del post sobre la Maldición de Tutankhamon, para que la lectura de este post tenga sentido se recomienda leer la PRIMERA PARTEanticipadamente.

 

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EL ORIGEN DE LA LEYENDA

Toda esta aventura arqueológica que fue el descubrimiento de la tumba del faraón niño produjo una enorme repercusión mediática en todo el mundo. El gran público seguía con interés cada paso que se daba en el interior de la tumba. Decenas de periodistas llegados desde distintos puntos del globo se encontraban a pie de excavación luchando por conseguir detalles precisos. Esto no era una tarea sencilla, ya que Carnarvon había concedido la exclusiva del hallazgo al “London Times”, por lo que los demás periodistas debían limitarse a copiar las noticias del Times, o bien a inventárselas.

Tras la muerte de lord Carnarvon, los rumores de la maldición empezaron a propalarse como la pólvora. En la entrada de la tumba se había encontrado una inscripción que rezaba “La muerte golpeará con sus alas a quien ose perturbar el sueño del Faraón”. Esta advertencia, reproducida mil y una vez en libros y artículos, jamás existió en realidad. Vandenverg cuenta en su famoso libro que [la tablilla desapareció de los protocolos y del correo, pero no de la memoria. Se la menciona en todas partes…].

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Howard Carter

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Carter, que ante todo era muy celoso y escrupuloso a la hora de catalogar y anotar cada paso y cada hallazgo de la excavación, jamás hizo mención alguna a esta inscripción o tablilla, con lo cual, lo más probable es que simplemente se tratara de una de tantas de las invenciones de los periódicos deseosos de noticias jugosas.

También se ha dicho en numerosas ocasiones que en el collar de oro que se encontró sobre el cuello de Tutankhamon se representaba otra advertencia para los violadores de la tumba. En realidad, el collar solo era un gran escarabeo de resina negra, con las inscripciones de un bennu, una expresión ritual común en este tipo de enterramientos.

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En ninguna parte de las envolturas que ceñían la momia se encontró advertencia alguna, sino todo lo contrario, en los ornamentos se podían leer expresiones de bienvenida de los dioses. Resulta evidente que las preocupaciones de los antiguos egipcios se centraban más asegurar al faraón un tranquilo viaje hacia el reino de Osiris que en tratar de asustar a los eventuales intrusos de las tumbas.

Aclarado el tema de las falsas inscripciones malditas, pasemos ahora a analizar las muertes de los que tomaron parte en los trabajos arqueológicos o tuvieron relación con ella.

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LAS MUERTES DE LOS MALDITOS

Comenzaremos con la de lord Carnarvon, primera atribución a la maldición. Recordemos que uno de los motivos por los que Carnarvon acudió a Egipto fue precisamente su precario estado de salud, buscando beneficiarse de la sequedad de su clima. Cuando recibió la picadura de un mosquito, cortó la herida con la navaja de afeitar y se originó una infección. Ésta produjo fiebre, pero en lugar de cuidarse y seguir las indicaciones médicas, desobedeció sus consejos, bebiéndose su consabida botella de vino francés. Fue llevado al Cairo donde logró curarse de esa infección, pero que concatenó con una pulmonía, la que no logró superior. No hay nada extraño en su muerte, incluso  la picadura de mosquito, que podría parecer algo un tanto rocambolesco, era una causa de muerte bastante frecuente en la época. Carnarvon murió con cincuenta y siete años. La esperanza media de vida para un inglés de su tiempo era de cuarenta y seis años, con lo que se puede decir que vivió más que la media.

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Objetos en el interior de la tumba

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Sobre el apagón eléctrico en el Cairo en el momento de su muerte, se podría considerar algo extraordinario si en la ciudad no se hubiese dado nunca ninguno, pero no es así, ya que en la capital Egipcia de principios del siglo pasado los apagones eran el pan nuestro de cada día, llegando algunos días a producirse en repetidas ocasiones. Nos queda el tema de la perrita de Carnarvon, que murió exactamente a la misma hora que su dueño, pero en Londres, a unos miles de kilómetros de El Cairo. Este dato de la perrita proviene también del libro de Vanderberg “La maldición de los faraones”, que recoge el acontecimiento de la boca del propio hijo de Carnarvon:

Mi padre (…) murió poco antes de las dos, hora de la capital egipcia. Posteriormente llegué a saber que en Highclere (residencia de Carnarvon en Inglaterra), poco antes de las cuatro de la mañana, hora de Londres (por tanto, a la misma hora) había sucedido una cosa extraña: nuestra perra fox terrier(…) moría”.

Aquí se puede apreciar un grave error que hace sospechar un poco de todo este tema de la perrita. La diferencia horaria entre Londres y El Cairo es de tres horas y en sentido opuesto al indicado en el relato. Un error demasiado grave como para tomar la historia por verdadera, quizás la perrita muriese de verdad, pero se nota que se ha intentado asociar esa muerte a la de su dueño cuando es más que posible que no tuviera relación alguna.

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Veamos ahora las otras muertes “misteriosas” atribuidas a la maldición.

Según escribió Berlitz: George Jay Gould, amigo de Carnarvon, se trasladó a Egipto tras la muerte de su amigo para ver el lugar con sus propios ojos. Murió de peste bubónica en el curso de las veinticuatro horas siguientes a la visita de la tumba. Es falso: Gould murió en Menton, Francia, de pulmonía.

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Trabajos de clasificación de los objetos

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En el transcurso de 1929 murieron otras dieciséis personas, que de un modo u otro, habían estado en contacto con la momia. Entre las víctimas se encontraba el radiólogo Archibald Reed, que había preparado los restos de Tutankhamon para los análisis radiológicos. Es falso: Reed no se acercó nunca a los restos del faraón, porque murió antes de dejar Inglaterra.

Junto a Reed y Gould, los escritores Vanderberg y Berlitz incluyen en su lista a una serie de personas que no tuvieron nada que ver con el descubrimiento de la tumba: el arqueólogo H.G. Evelyn.White, que simplemente había tomado parte en 1909 en una expedición a la necrópolis tebana; Aaron Ember, egiptólogo estadounidense que murió en Baltimore, en un incendio; la enfermera de Carnarvon, que murió al dar a luz un niño; John G. Maxwell, que simplemente fue ejecutor del testamento de Carnarvorn.

¿Porque la maldición golpeo a estos personajes que nunca pusieron sus pies en la tumba y sin embargo muchos otros que trabajaron en ella vivieron durante años?

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Richard Berthell, secretario personal de Carter, no participó en los trabajos del descubrimiento de la tumba, y murió debido a un colapso seis años después de su apertura. Su padre, que tenía sesenta y ocho años y tenía problemas mentales, se suicidó debido al dolor tras la muerte de su hijo y aunque jamás visitó la tumba del faraón, quedó inscrito en esa lista negra de los malditos.

Se puede ver como Vanderberg va hilando a su gusto las muertes y desgracias que va encontrando en su camino, incluso llega a comentar que el coche fúnebre que transportaba al padre de Berthell atropelló en un cruce a un muchacho, de este modo ¿Podría continuar durante años atribuyendo a la maldición cualquier atropello en esa calle?

Arthur C. Mace, egiptólogo del museo Metropolitan y George Benedite, egiptólogo del Louvre, estuvieron en contacto directo con las excavaciones, sin embargo, uno murió al cabo de cinco años, y el otro al cabo de tres, ambos con edad avanzada.

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Entrada a la tumba

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Otros dos egiptólogos que colaboraron en las excavaciones murieron, Herbert E. Winlock, con sesenta y seis años y veintisiete después de la apertura de la tumba y Pierre Laucau, a los noventa y dos años, cuarenta y dos después de la apertura.

El ayudante de Carter, A. R. Callender y Douglas Derry, que expuso el cuerpo de Tutankhamon a todos los análisis, murieron, según Vanderberg, en 1929. Falso: ambos murieron en 1939.

Alfred Lucas, químico del gobierno egipcio que examinó la momia moría a los setenta y nueve años, veintisiete después de la apertura de la tumba.

Continuamos con la lista. Gustave Lefèvbre, del museo del Cairo, moría a los setenta y ocho años, treinta y cuatro después de la apertura; Alan Gardiner, filólogo que examinó el material escrito seguía vivo cuarenta y dos años después de que le hubiera golpeado la maldición; Lady Almina, la esposa de Carnarvon, murió efectivamente en 1929 y por supuesto fue incluida en la lista, a no ser porque esta señora jamás visitó la tumba, a diferencia de su hija, lady Evelyn, que fue una de las tres personas que entraron en la cámara sepulcral y que murió cincuenta y siete años después de aquel acontecimiento.

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Y finalmente Howard Carter, sobre el que tenía que haber caído todo el peso de la maldición y que tenía que haber caído fulminado al poner su pies en la cámara, sin embargo, continuó trabajando en ella a diario muriendo en 1939 a los sesenta y seis años.

Se puede apreciar que la mayoría de personajes que según estos escritores murieron por la maldición tuvieron una vida que superó con creces la media de la época. Una maldición “bastante curiosa y benévola”.

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¿QUIEN INVENTÓ LA LEYENDA?

Existe un rumor en el que se sugiere que el mismo Howard Carter fue el que puso en movimiento la leyenda para mantener alejados de las excavaciones a curiosos y ladrones. La cosa parece bastante verosímil. Veamos algunos extractos de sus memorias que pueden dar una idea de las dificultades que debía conllevar su trabajo:

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(…) apenas publicó el “Times” la primera noticia sobre nuestro descubrimiento, cuando ninguna potencia del mundo hubiera podido sustraerse a la publicidad que se abatió sobre nosotros (…)

Inmediatamente la situación se mostró embarazosa. En primer término empezaron a llover los telegramas que llegaban de todas partes del mundo. Al cabo de un par de semanas le tocó el turno a las cartas (…)

Después llegaron los amigos periodistas, que bajaban al valle en gran número dispuestos a dedicar todas sus mundanas capacidades – que son considerables- para saciar todos los residuos de soledad o de aburrimiento que pudieran quedar. Ciertamente han desarrollado con tanta capacidad su trabajo, que uno llega a pensar que todos deberíamos enviar cotidianamente algunas noticias a sus periódicos (…)

Otro inconveniente, quizás el más serio de todos, provocado por la notoriedad de nuestro trabajo, surgía de la inevitable atracción ejercida por la tumba sobre sus visitantes y sus turistas, (…) Si no se hubieran tomado algunas providencias, habríamos pasado la estación entera haciendo de cicerones, sin que pudiéramos desarrollar la menor actividad (…)

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Las molestias nacían cuando se trataba de personas a las que, por uno u otro motivo, había que mostrarles la tumba auténtica y real. Fue ésta una dificultad de la que nos dimos cuenta poco a poco; y durante algún tiempo no nos dimos cuenta de sus inevitables consecuencias, pero al final nuestro trabajo estaba prácticamente parado(…)

Tal estado de cosas, como es fácil imaginar, nos ponía en una situación bastante desagradable. Había algunos visitantes a los que teníamos que recibir por cuestiones diplomáticas, y a otros a los que no podíamos ponerles objeciones sin que los ofendiéramos, pues entre ellos se encontraban personas recomendadas ¿Pero hasta qué punto se debía poner fin a esto? Estaba claro que teníamos que hacer alguna cosa pues, de otro modo, y como ya he dicho, el trabajo corría peligro de paralizarse completamente.

Tras leer estos apuntes, no resulta improbable pensar que el mismo Carter difundiese entre los periodistas el tema de la maldición original, con el objeto de desanimar a los inoportunos visitantes. La hipótesis está reforzada por las revelaciones de Richard Adamson, encargado de la seguridad de la tumba. Adamson dijo en 1980, tras cincuenta y siete años eludiendo la muerte: “Habíamos logrado que, de alguna manera, la historia de la maldición llegase a circular, porque ayudaba a disminuir los riesgos de robos durante la noche. Yo dormí en la tumba durante siete años, cerca del sarcófago dorado y de la tumba”.

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Representación del rostro de Tutankhamon

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Está demostrado que la maldición jamás existió, pero hay que reconocer que sirvió para algo. Sirvió para que un faraón de segunda clase, de un periodo decadente, se haya convertido en el faraón más conocido y famoso de todos los tiempos, siendo su tumba una de las más visitadas desde entonces en el valle de los reyes.






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